martes, 3 de julio de 2018

¡Buenos días, México!
Víctor M. Toledo
B
uenos días, país; buenos días, nación; buenos días, México. ¡Cincuenta años nos contemplan! Este salto que el país ha dado tiene su origen en 1968. Ni más ni menos. Lo que soñamos aquella generación de jóvenes en rebeldía por fin se alcanza. Quebrar más de dos siglos de una tradición despótica fincada en la opresión, el autoritarismo y la anti-democracia. La dictadura imperfecta ha llegado a su fin, y surge la posibilidad de construir una modernidad alternativa. Tardamos mucho, pero así son los procesos sociales: sus relojes caminan a un ritmo diferente a los nuestros. A diferencia de muchos patriotas que ya no lo vieron, hoy entono una canción oculta de agradecimiento a la vida. A las fuerzas que me permitieron presenciar este momento histórico. Aquella oscura noche que percibíamos durante nuestras rebeldías juveniles se fue haciendo más y más y más espesa, hasta llegar a este país devastado, que tuvo la prudencia y la paciencia de resguardar sus reservas naturales, sociales, culturales y civilizatorias. Esas sin las cuales la política digna se hace imposible. La resistencia valió la pena; una resistencia que tomó mil formas, pero que al final prendió y se expandió como un incendio venturoso. Treinta millones de votos lo certifican. ¿Cuántos mexicanos pusieron silenciosos su pequeña resistencia, sutil, cotidiana, imperceptible? Nunca lo sabremos. Pero conforme se iban apretando las condiciones terribles de estos 30 años recientes, y la de­vastadora máquina neoliberal iba dejando una estela de pobreza, destrucción, incomprensión, desesperanza y miedo, también se iban gestando los núcleos de la resistencia social. En México las batallas políticas se fueron transformando en elementales luchas por la supervivencia. La movilización que tuvo lugar hace unos días en decenas ciudades del país contra la privatización del agua es la más reciente expresión de ello.
El gran conductor de este amanecer luminoso es, por supuesto, AMLO. Su reciedumbre tropical, su sensibilidad de dirigente popular, y su fe inquebrantable han colocado al país de nuevo a la vanguardia del mundo. Atina AMLO en construir una nueva nación fun­dada en lo moral, no en la ideología, el negocio, el progreso, o la tecnología. De sus tantos mensajes enviados en estos meses me quedo con tres. Primero, su habilidad para construir un proyecto de nación a partir no de las teorías y tradiciones intelectuales de la izquierda, si­no de la lectura de las realidades concretas y particulares del país, de sus recorridos por su territorio, de sus encuentros con los múltiples actores de un México pluricultural y multiétnico y, por supuesto, del análisis y la interpretación de su propia historia. Como dijo un estratega estadunidense desde Washington, AMLO es AMLO. Lo segundo es su capacidad para combinar pragmatismo con intuición, es decir, su habilidad para ir seleccionando colaboradores que más allá de sus maneras de pensar, sus orígenes, su edad y sus trayectorias, son integrados por su entrega desinteresada, patriótica y noble. Hoy el nuevo gobierno dispone de casi una centena de cuadros dirigentes, mujeres y hombres, de altísima calidad moral y profesional. Finalmente, no puede ignorarse algo que pocos conocen. No obstante ser permanentemente acusado de autoritario por sus contrincantes políticos, AMLO se ha rodeado desde hace casi una década de un equipo de asesores, de creadores e intelectuales críticos con diferentes formaciones y diversas maneras de pensar, a los cuales ha escuchado y con los cuales ha dialogado. Su rol ha sido clave, por­que de alguna manera representan, a pequeña escala, la inteligencia del país. Esa que proviene de las universidades, tecnológicos y centros neurálgicos de creación, análisis y discusión. Para quien esto escribe ha sido una experiencia única y de un extraño valor formar parte de ese equipo.
No puede pasarse por alto, por último, que este amanecer ha tenido un elevado costo humano, porque procede de una noche ex­tremadamente trágica. La re­fundación del país tendrá que hacerse llevando como contexto a los 240 mil mexicanos asesinados y a los más de 30 mil desaparecidos. A los que ya no están, a los que dieron su vida por un ideal y a los que los exterminaron por causas diversas, los nuevos conductores del país deben jurar en su memoria honestidad, pulcritud, valores supremos y una entrega total por el bien común y el de la patria. La república amorosa tiene que ir dejando atrás tanta ignominia mediante la construcción de un país que requiere con urgencia atender a millones de mexicanos, especialmente jóvenes, que han quedado marginados por décadas. Todo está por hacerse. La luz de un nuevo sol se despliega lentamente y nos baña de esperanza. Que los destellos de este amanecer nos alcancen a tod@s.
Martes 3 de julio de 2018
http://www.jornada.com.mx/2018/07/03/opinion/018a2pol

Fin de régimen

Fin de régimen
Pedro Miguel
P
ara tirios y troyanos es difícil aceptarlo: se acabó. El régimen instaurado mediante un golpe de Estado electoral el 6 de julio de 1988 –y que se gestó en las mismas entrañas del viejo modelo del desarrollo estabilizador desde inicios de esa década– tiene las horas contadas y fecha precisa de terminación. El próximo 1º de diciembre, es decir, en menos de cinco meses, estará muerto. Algunas de sus expresiones más horribles han desaparecido ya y en las siguientes 16 semanas se extinguirán otras. La sublevación social y ciudadana que se concretó el domingo primero de julio entre las ocho de la mañana y las seis de la tarde ha liberado al país de una dictadura oprobiosa del grupo político, empresarial, mediático y delictivo que dominó durante 30 años y que operó en ese periodo un colosal programa de destrucción nacional: desmanteló políticas de Estado, hizo de la corrupción un rasgo estructural del poder público, liquidó la soberanía, destruyó la industria nacional, arruinó el campo, barrió con empresas públicas, liquidó sindicatos y comunidades, fomentó el acanallamiento de sectores sociales enteros, hizo negocios con la devastación del territorio y los recursos naturales, empujó a la delincuencia a cientos de miles y en su último tramo, en las presidencias de Calderón y de Peña Nieto, propició, por omisión o por dolo, un cuarto de millón de asesinatos, decenas de miles de de-sapariciones e incontables viudeces y orfandades.
Después de varios intentos fallidos por sacudirse esa tiranía, la sociedad mexicana finalmente encontró una salida en el programa político que López Obrador y sus colaboradores han venido modelando desde 2004 y que proponía, dicho muy en síntesis, concientizar, organizar y unificar para conformar una mayoría capaz de tomar las urnas por asalto con un consenso básico: erradicar las redes de corrupción e impunidad –que han sido los principales aglutinantes de la oligarquía neoliberal–, gobernar en acuerdo con las leyes y reorientar la administración pública, que ha sido convertida en oficina de gestión de intereses privados, para ponerla al servicio de la población en general. Tras 14 años de acumulación de fuerzas y tras dos intentos frustrados por el abierto fraude electoral (2006) y por la compra masiva de votos en 2012, la insurrección tuvo éxito en los comicios del domingo. Unos 32 millones de ciudadanos terminaron por concluir que la persistencia del régimen oligárquico era ya insoportable, de una u otra manera encontraron acomodo, viabilidad y futuro en la tercera versión del proyecto de nación lopezobradorista, confluyeron en un polo que fue atrayendo a individuos, organizaciones, sectores y movimientos, algunos desprendidos del propio grupo en el poder, y conformaron un frente amplio en el que confluyen ideologías, clases y visiones del mundo a veces contrapuestas, pero alineadas en torno a las premisas básicas referidas.
El éxito de la sublevación dependía de un factor cuantitativo: a fin de neutralizar los instrumentos que el régimen tenía en sus manos para la distorsión de la voluntad popular, era obligatorio desbordar las urnas con un tsunami de votos; se requería de una mayoría absoluta que sepultara toda tentativa de fraude, y también era necesario comunicar poderío desde antes de la elección para desmoralizar al poderoso adversario. Hubo además la circunstancia afortunada de una ruptura enconada en el seno del grupo gobernante. Tradicionalmente éste disponía de varias franquicias electorales que le servían para dirimir sus pugnas internas y para acomodar a su favor los escenarios legislativos y electorales con la apariencia de la pluralidad y que siempre terminaban aliándose en contra de la oposición real. Por alguna razón, en este proceso electoral las rivalidades cosméticas desembocaron en un pleito real y el régimen se quedó sin la posibilidad de coordinar a sus distintas patentes partidistas para hacer frente a lo que se le venía encima.
Hacia las dos de la tarde la afluencia de sublevados a los centros de votación marcaba ya una tendencia irreversible; los cuartos de guerra de las dos vertientes del oficialismo conocieron a esas horas las primeras encuestas de salida y cuando éstas empezaron a ser difundidas por medios y redes sociales, la capacidad de maniobra del régimen colapsó. A sus tres principales representantes –el Presidente y los dos candidatos– no les quedaba ya más remedio que preparar sus respectivos discursos de aceptación de la derrota.
Las masas sublevadas y victoriosas, en cambio, tienen un largo camino por delante. Para empezar, deben terminar de asimilar la hazaña que lograron y luego deberán enfrentar la hermosa incertidumbre de modelar y reconstruir un nuevo país. Es difícil comprender el fin de lo durable y en las próximas semanas habrá que repetirse y repetirlo: el régimen oligárquico y neoliberal mexicano ha llegado a su fin.
Twitter: @Navegaciones

sábado, 16 de diciembre de 2017

Elhuevo de la serpiente

El huevo de la serpiente
Carlos Fazio
Finalmente, el poder militarterminó por doblegar a su mando civil. Por miedo o cobardía, Enrique Peña Nieto terminó cediendo de manera voluntaria el poder civil al castrense. Volvió legal lo que ningún presidente civil había permitido en el México posrevolucionario por los peligros que entraña. Aunque en rigor, con la imperiosa necesidadmanifestada al impulsar una ley que busca amparar la actividad anticonstitucional de las fuerzas armadas en materia de seguridad pública, buscaba protegerse a sí mismo.
La hora es difícil y sombría. Después de dos años de un pertinaz activismo político-deliberativo salpicado de chantajes, mentiras y de una propaganda demagógica a contrapelo de la Constitución y los tratados internacionales suscritos por México, los mandos militares impusieron su ley. Seguirán afuera de los cuarteles de manera indefinida, sin contrapesos institucionales y sin transparentar o rendir cuentas a nadie, con lo que se profundizará la estrategia de (in)seguridad militarizada diseñada por el Pentágono en el marco de la Iniciativa Mérida, que ha derivado en una catástrofe humanitaria con su cauda de torturas, ejecuciones sumarias extrajudiciales, desapariciones forzadas de personas y desplazamiento de población.
En lo que podría configurar un virtual golpe de Estado técnico, la aprobación por el Senado de la llamada ley de seguridad interior convertiría lo que hace 11 años Felipe Calderón promovió falsamente como una medida excepcional de carácter emergente y temporal, en la “petrificación de un statu quo” (Jan Jarab, comisionado de Derechos Humanos de la ONU, dixit) signado por una violencia estatal sin límites. Y así como el régimen anterior vivió bajo una forma de emergencia de lo permanente, ahora, con la nueva ley, la excepción se volverá regla.
Ese es el quid de la cuestión: la ley de seguridad interior busca dar protección jurídica a aquello que los militares han venido haciendo de manera irregular y extralegal. La exigencia de los mandos de regular el uso de la fuerza de unas instituciones armadas preparadas para exterminar al enemigo, busca constitucionalizar esa práctica; sólo que ninguna ley permite torturar, matar o desaparecer personas. Pero además, ahora, bajo presión castrense, la aprobación senatorial de la iniciativa de un Presidente frívolo y pusilánime, darán al Ejército y a la Marina atribuciones que no deberían tener (máxime sin una declaración de guerra): tareas de investigación, persecución de delitos, control social o espionaje sobre la población y represión. Se legalizará, pues, la claudicación de los poderes civiles frente a la casta militar. Mala cosa.
Como en la metáfora del huevo de la serpiente del clásico filme de Bergman, a través de la membrana del actual régimen de dominación cualquiera puede ver el futuro: ante la agudización de la guerra de clases (Warren Buffett dixit) y la actual insurgencia plutocrática(Thomas Bunker) disciplinadora y depredadora; en la antesala de un año electoral y con la intención manifiesta de los poderes fácticos de imponer como sea al débil y dócil tecnoburócrata del bunker neoliberal José Antonio Meade, se incuba en México un bordaberrazo o fujimorazo. Un régimen arbitrario y despótico de corte cívico-militar, como los encarnados por Juan María Bordaberry y Alberto Fujimori en Uruguay y Perú, en décadas pasadas (ambos terminaron en la cárcel), donde la suspensión de garantías individuales podrá ser aplicada de manera discrecional por el presidente de turno con respaldo militar, y en el cual sus guardias pretorianas −al amparo de una renovada doctrina de seguridad nacional que define al enemigo interno− seguirán actuando por razones geopolíticas como un Ejército de ocupación (nativo) de su propio país, en acatamiento y tácita sumisión a las directivas emanadas desde Pentágono vía la Iniciativa Mérida.
Las ambigüedades de la ley, incluidas las imprecisiones conceptuales que surgen de mezclar la seguridad nacional con la seguridad interior, encarnan potenciales riesgos. En el contexto de la seguridad nacional −y con el artificioso truco legal de que sus acciones no serán de seguridad pública, sino de seguridad interior−, la imposición de una reserva de hasta por 20 años sobre la recolección de datos (de inteligencia) que se generen con motivo de la aplicación de la ley (que incluirán la intervención telefónica, de computadoras, correos electrónicos y correspondencia), hará nugatoria cualquier expectativa de transparencia y rendición de cuentas.
Asimismo, la ley va contra las víctimas y el acceso a la justicia, y está diseñada para dificultar litigar en instancias internacionales. Argumentando razones de seguridad nacional, la Sedena y la Semar van a negar cualquier información sobre sistemáticas prácticas ilegales (torturas) o despliegues castrenses que involucren violaciones a derechos humanos −con alto índice de letalidad o no−, que no se podrán documentar, perpetuándose así la actual impunidad y la repetición de crímenes de lesa humanidad de factura militar.
Desde 2006, al aplicar las directivas encubiertas de Estados Unidos, el Estado mexicano abandonó y obstaculizó de manera deliberada las tareas de seguridad pública o ciudadana, que en términos del artículo 21 Constitucional corresponden de manera exclusiva a las policías civiles. La militarización de la seguridad y la sociedad mexicana responde a la agenda geopolítica de Washington; no se trató de una estrategia fallida: era previsible que a mayor militarización, mayor violencia; 2017 fue un año trágico. Peña Nieto rompió récords históricos en materia de desapariciones y homicidios dolosos. Pero este año marcó también la mayor asociación clientelar y sumisa de los responsables de las fuerzas armadas locales al Pentágono y la administración Trump.
Un viejo apotegma dice que las bayonetas sirven para todo menos para sentarse sobre ellas. Peña Nieto debería saberlo; la manada legislativa también. Gedeón lo sabía: en la violencia prosperan y se consolidan los más fuertes…

viernes, 6 de octubre de 2017

El mundo según Manuel Castells


Comandante Che Guevara: venero de vida y esperanza
Gilberto López y Rivas
E
l 9 de octubre, hace 50 años,un grupo de agentes de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos destacado en Bolivia y dirigido por el cubano-americano Félix Rodríguez, dio órdenes de asesinar al comandante Ernesto Guevara de la Serna en la modesta escuelita de Las Higueras, donde se encontraba prisionero. El hombre más buscado por los servicios de inteligencia y represión planetaria del imperialismo y por los comandos contrainsurgentes del ejército boliviano, fue condenado sumariamente a ser ejecutado y sus restos mortales enterrados en un sepulcro no identificado, encontrado tres décadas después, debido al terror que a sus enemigos inspiraba el CheGuevara, aún después de muerto. Los victimarios pretendían aniquilar su memoria y todo lo que él representaba. Inútil intento de verdugos y enterradores clandestinos: el Che al morir ya había vencido su propia muerte: el semillero de vida sin tacha de revolucionario había encontrado terreno fértil a lo largo y ancho de esa América, la Nuestra, que recorriera incansablemente. El soñador realista que renuncia a vivir la victoria revolucionaria, para empezar de nuevo; quien había asumido como forma de ser el mensaje martiano de que la mejor manera de decir, es hacer, no podía morir. Y esa inmortalidad radica en la fortaleza de su ejemplo, que cada mañana hace brotar de las bocas infantiles de la Cuba de Fidel el lema: ¡seremos como el Che!; en el reto de su consecuencia sin retórica ni doble código moral, que hace avergonzar al más cínico de los oportunistas de la izquierda institucionalizada. Su vasta obra teórica-política, sus acciones dirigidas contra los enemigos de nuestros pueblos, han impulsado a generaciones de hombres y mujeres a luchar por un mundo mejor. Su entrega sin límites ni recibos de pago por los sacrificios brindados a la revolución; su absoluto desapego y desinterés hacía su persona; su radicalidad en los principios; su confianza en los pueblos; esa síntesis de pensamiento y acción puesta al servicio de una causa libertaria; hacen del Che un inagotable venero de vida y esperanza. También, el guerrillero heroico ha sobrevivido a los intentos de sus enemigos para desvirtuar sus objetivos de trasformación radical haciéndolo aparecer como mártir, aventurero o símbolo comercializando en playeras y carteles, despojado de su esencia definitoria: Guevara es un comunista convencido, un revolucionario latinoamericano que se impone una tarea concreta y terrenal: acabar con la explotación social, con la dominación imperialista, forjar un nuevo ser humano en una sociedad socialista. Estas fueron sus más firmes convicciones, sus propósitos enarbolados con modestia y determinación. Es necesario comprender estas coordenadas que guiaron su vida para continuar las luchas de liberación de nuestros pueblos. Sus ideas mantienen vigencia imprescindible para el análisis de la realidad del siglo XXI. Su trayectoria revolucionaria, su personalidad singular, su actuación como ministro y dirigente del Estado cubano, su paso por África y su prematura muerte en Bolivia constituyen una fuente de enseñanzas que orientan las luchas de resistencia a la recolonización neoliberal. A pesar del tiempo trascurrido desde su muerte hace 50 años, es evidente la contemporaneidad del Che. El comandante Guevara trasciende a sus asesinos y al odio de clase que despertó en los poderosos; a la desaparición de la Unión Soviética y el restablecimiento del capitalismo en la patria de Lenin, Europa del Este y China; a las interpretaciones maniqueas sobre su gesta y su persona de biógrafos y analistas supuestamente objetivos como Jorge Castañeda. El Che perdura en el tiempo por su posición crítica a las desviaciones burocráticas y autoritarias del socialismo real; por el apego estricto a la moral, la honestidad y la congruencia cuando desempeñó cargos en el gobierno revolucionario.
Uno de los ejes fundamentales que rigieron los destinos del Che fue el internacionalismo; rasgo esencial de la propia revolución cubana en la que se forma como dirigente y teórico de una visión del socialismo signada por una perspectiva ajena al localismo. Para el Che la construcción del socialismo tenía que ser en escala mundial, por lo que si el revolucionario se olvida del internacionalismo afirmaba: la revolución que dirige deja de ser una fuerza impulsora y se sume en una cómoda modorra, aprovechada por nuestros enemigos irreconciliables, el imperialismo, que gana terreno. Aquí surge un interrogante ineludible: ¿cómo compaginar la consolidación de un proceso revolucionario en el ámbito nacional con la exigencia internacionalista? En la ruta del Chetenemos que en sus tres experiencias revolucionarias hay una exitosa, la cubana, y –es necesario reconocer– dos fracasadas: el Congo y Bolivia. En Cuba triunfa la revolución porque constituye un proceso firmemente enraizado en la realidad nacional. El Movimiento 26 de Julio supo apropiarse de la herencia de José Martí y aplicarla a una lucha antidictatorial con articulaciones en organizaciones obreras, campesinas, estudiantiles y con una intelectualidad orgánica incorporada en ese movimiento. La llegada de los sobrevivientes del Granma a la Sierra Maestra no fue la implantación de un foco guerrillero, sino la continuidad de una lucha de años y el establecimiento de una fuerza política nativa que se desarrolló entre el campesinado con la ayuda de frentes urbanos consolidados. En Congo y Bolivia, en cambio, hay una suerte de incursión foránea con relaciones equívocas con los grupos guerrilleros locales (África), e incluso una cierta discrepancia por la presencia del Che en tierra boliviana por parte de un sector minoritario del Partido Comunista. Esto obliga a un análisis más profundo y, sobre todo, crítico de la llamada cuestión nacional. Si no existe un sustrato social firme que aspira a transformar el país, una continuidad histórica con las luchas seculares del pueblo de que se trate, un conocimiento profundo de los problemas vitales de los diversos estratos y clases sociales, una unidad de acción de los distintos agrupamientos democráticos y revolucionarios y una relación estrecha de carácter orgánico entre todos ellos en extensión y profundidad del territorio, el movimiento revolucionario está destinado a fracasar. El Che, en sus adversidades, revela los peligros de una acción internacionalista con una base nacional no asegurada ni articulada. A pesar de esta derrota fatal, el Che permanece como el acero más templado de nuestra historia latinoamericana; como la realización de ese ser humano nuevo por el que tanto luchó; como la brújula de nuestros avatares por un mundo sin las ataduras de la explotación y dominación capitalistas. ¡Hasta siempre comandante!
Viernes 6 de octubre de 2017
La Jornadahttp://www.jornada.unam.mx/2017/10/06/opinion/019a1pol